Toda interacción social se establece en la prosecución del interés de al menos uno de los interlocutores. Incluso en el caso de convergencia de intereses se puede observar un grado de asimetría en la interacción que prefigura una suerte de negociación con la que se pretende modificar la conducta de los demás mediante un balanceo entre la persuasión y la coerción.
Para evitar demoras, confusiones y riesgos innecesarios en una actividad tan compleja se presuponen unas construcciones y protocolos socialmente establecidos que regulan la implicación personal y protegen la identidad de los interlocutores. Desde el punto de vista psicológico estos protocolos se denominan roles sociales.
Según la Teoría Sicodramática del Dr. Jaime Rojas-Bermúdez[1] el rol es “un emergente de la integración funcional entre lo individual y lo social” y resulta de una actividad pautada culturalmente en la que se integra la estructura de la personalidad de cada individuo.
Los roles son códigos personales de comunicación social que organizan y regulan la interacción en el marco de las expectativas mutuas con respecto a la relación, la situación y la manera de comportarse.
No debe confundirse el rol con la actividad, ya que la misma actividad puede ser realizada por distintas personas a través de diferentes roles. Lo que caracteriza el rol es que se organiza en relación con su complementario, generando una dinámica donde intereses que pueden no ser coincidentes negocian una cooperación en mutuo beneficio.
Pero el rol también sirve para interactuar, en ámbitos compartidos, con otros roles suplementarios, con los que se genera otra dinámica que puede ir desde la competición a la cooperación.
Así, el rol de maestro encuentra su complementario en el rol de alumno, pero puede interactuar también con otros roles suplementarios como el de padre, director, etc.
El aprendizaje de roles sociales engarza al individuo en la estructura social en un proceso que se inicia alrededor de los dos años de edad y pasa por la adquisición y el ejercicio de roles profesionales y familiares, algunos de los cuales se estructurarán mejor que otros.
Desarrollar un rol supone conocer su estructura funcional, la del rol complementario y la dinámica de la relación. Su desempeño está matizado por las características personales y la acomodación al contexto. Un rol bien desarrollado disminuye la implicación personal en la interacción social atemperando la respuesta emocional.
El rol que habitualmente se desempeña en la comunidad, que suele coincidir con la profesión, puede erigirse en Rol Identificador, es decir, aquél por el que la comunidad identifica y reconoce a la persona y viceversa. En torno a este rol también se forjan expectativas sociales en cuanto al comportamiento general de la persona, que pueden entrar en contradicción con otros roles desempeñados por la misma.
Al aumentar la complejidad de la estructura social se incrementa el repertorio de roles, que se diversifican por especialización.
La dinámica social actual conlleva menor sujeción al ejercicio de un rol profesional determinado, con lo que la identidad puede difuminarse en diversos Roles Identificadores. Pero la eficacia en la interacción sigue dependiendo del sistema de códigos utilizado, por ello, la necesidad de ser consciente del rol que uno está desempeñando en cada momento quizás sea prioritaria en una época en que la comunicación se torna cada vez más compleja. Aquí cabe señalar, para una posterior profundización, las nuevas formas de interacción en la comunicación electrónica que se derivan del enmascaramiento de Roles Identificadores.
La enfermedad mental compromete directamente la identidad del sujeto hasta tal punto que condiciona toda su vida de relación. Concretamente, los trastornos psicóticos inciden en la relación con los demás al distorsionar la recepción, descodificación e interpretación de los estímulos y, por tanto, de los códigos de comunicación verbales y no verbales. Entre los factores de peor pronóstico se cuenta el inicio temprano de la enfermedad, momento en que el desarrollo de roles sociales está en ciernes.
Por otra parte, la confusión derivada de un estado psicótico produce una alarma emocional que dificulta la relación a través de un rol, siendo más fácil “perder los papeles” cuando su desarrollo no es suficiente.
Sin descuidar la importancia de otros roles para las personas con trastornos psicóticos, el rol de paciente es a menudo el único punto de engarce con lo social para recibir tratamiento en el más amplio sentido de la palabra[2].
La repercusión de la enfermedad en su integración social dependerá, entre otros factores, de los roles de que disponga, pudiendo llegar a ocupar desde lugares sociales relevantes a través de un rol hipertrofiado (que al devenir en personaje le da identidad como “genio”, “artista” o “famoso”), hasta lugares marginales por su condición de alienado, es decir, sin roles, sin engarce social.
En la actividad terapéutica el par de roles complementarios es el de paciente-terapeuta, considerando como terapeuta aquel que diagnostica y prescribe tratamientos. Pero en el proceso terapéutico confluyen diversos roles profesionales (trabajadores sociales, enfermeros, auxiliares, etc.) y familiares, que se encargan, con implicaciones personales diferentes, de la administración de tratamientos y cuidados o de la atención a necesidades básicas, sean éstas biológicas, psicológicas o sociales.
Planteamos que, en las personas con una enfermedad mental crónica, asumir el rol de paciente redundará en beneficio propio y de la sociedad, evitando condicionamientos innecesarios en otros aspectos de la vida propia o ajena, mejorando la aceptación social y facilitando la inserción: al aceptar lo incierto de la “curación” aumentará su grado de conciencia de enfermedad; para conseguir una “calidad de vida óptima” mejorará el cumplimiento terapéutico, conocerá sus dificultades, desarrollará sus capacidades y valorará sus singularidades; en estado de alarma, confusión o pánico, si el rol está bien desarrollado, será más fácil actuar a través de él y procurar tratamiento.
Un rol de paciente bien desarrollado en toda persona con una enfermedad crónica, implica responsabilidad y control sobre la enfermedad y, en consecuencia, mejor utilización de los recursos sanitarios.
Aislando las expectativas de los agentes implicados y cómo se confrontan a través de los roles, se puede mejorar la eficacia del proceso terapéutico que es, en definitiva, un proceso de comunicación.