Como es de esperar por su formación y experiencia, los terapeutas presentan un rol desarrollado, tienen claras sus funciones y se expresan, en general, con desapego, sin implicación personal ni carga emocional.
También se observa reconocimiento, cooperación y cierta “rivalidad terapéutica” entre psiquiatras y psicólogos, como es previsible en los roles suplementarios entre sí.
En todos los grupos, excepto en los familiares, aparecen referencias explícitas al tabú de ser tratado por el psiquiatra. Los familiares apenas utilizan el término, prefiriendo el más genérico de “médico”, excepto en el caso de que la gravedad de las circunstancias exija la precisión.
Mientras que los terapeutas son conscientes de la cronicidad de las dolencias, los pacientes no la contemplan en absoluto, llegando a confundir “estar” con “ser” enfermo, claro indicador del insuficiente desarrollo del rol de paciente.
Los resultados obtenidos no nos permiten establecer diferencias concluyentes entre los pacientes con trastornos de tipo esquizofrénico y afectivo. La diferencia cuyo sondeo creemos más prometedor es que los primeros parecen más proclives a dirigir su atención hacia lo general y los segundos hacia lo particular.
Como se ha observado, la madre es el principal dispensador de cuidados entre los familiares. Aunque se puede defender que el cuidado de niños está sociobiológicamente incorporado en este rol, no parece lógico esperar un “instinto” de “cuidador de adulto con enfermedad mental crónica” incluido. En otras palabras, una mujer de la que podría decirse que es una buena madre (i. e., con un rol de madre bien desarrollado), no tiene por qué estar adecuadamente preparada para desempeñar la difícil tarea de cuidar de un hijo adulto enfermo.
En contrapartida, un “buen hijo” no tiene por qué ser un “buen enfermo”. Si para el hijo es recomendable el desarrollo de actividades conducentes al desarrollo del rol de paciente, no es menos cierto que la madre también necesita de un complemento formativo que le capacite para desempeñar la actividad de suministrar cuidados sin las interferencias que pueden darse desde o hacia el rol de madre. Es importante resaltar que no basta con que el hijo desarrolle un rol de paciente si la madre, o el familiar que asume el cuidado, no desarrollan el suyo en consecuencia.
Es característico del par de roles madre-hijo la existencia de un vínculo afectivo que se va ajustando con las distintas fases del desarrollo. La enfermedad mental crónica, como otras minusvalías, introduce factores que lo menoscaban, demorando la emancipación. Este trastorno es percibido como una carga por ambos y todo lo que se pueda hacer por aliviarla será poco.
Aunque generalmente la madre se desvive por el hijo, éste parece no reconocer y valorar sus desvelos, prefiriendo el estilo de cuidados de una hermana, que considera menos “pesado”. La causa más probable es la persistencia de la madre en estrategias de tratamiento infantil y sobreprotector que limitan la autonomía y la socialización extrafamiliar. En esta dinámica el mensaje de los pacientes parece ser “No soy un niño, cuídame como un adulto”. Claro que la madre parece responder “Quiero confiar en que serás responsable, que tomarás tu medicación, pero no me convences”. Un caso de comunicación paradójica que el desarrollo de sus roles respectivos puede resolver.
Los profesionales que desempeñan la actividad de administrar cuidados interactúan con los pacientes con mayor proximidad y frecuencia, lo que conlleva un riesgo de implicación personal y emocional que, en circunstancias ideales, un rol profesional bien desarrollado permitiría evitar o controlar. Las carencias de recursos y estrategias derivadas del desarrollo insuficiente del rol conducirían a un estado de “surmenage” más o menos difuso y continuo, con síntomas asociados de fatiga, sensación de sobrecarga y desvalimiento. Una interpretación precipitada de tales síntomas proyectaría sus causas en agentes externos.